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LA JUNGLA DE ASFALTO

Esta voz le busca a usted, ciudadano de gran urbe que agradece la “zona azul” para su coche y la “zona verde” para sus cansancios.

La verdad es que, en las modernas aglomeraciones del tráfico rodado, cualquier intento de solucionar la descongestión resulta laudable. Y lo mismo, todo conato por conservar algún desahogo campestre en medio de la jungla de asfalto, es digno de alabanza.

Pero de casi nada serviría, amigo esa isla azul para aparcar su auto, ni ese islote verde para pasear su cansancio, si no procura encontrar en el tráfago de su vida una zona de paz y reposo para su espíritu. Es verdad que los griegos acuñaron el refrán de que “una gran ciudad es un desierto”, pero la frase tiene un sentido negativo, como de inhospitalidad, no de lugar apto para la tranquilidad interior.

No es que todos tengamos que decir, como el título de una conocida comedia española. “La ciudad no es para mí”. Si allí está nuestra familia, nuestra ocupación laboral y cristiana, entonces la ciudad es para nosotros. Pero cuanto más nos absorba la vida urbana, tanto más necesitaremos aislarnos de ella, para dominarla y no ser sus víctimas. Ya lo sabe, amigo, para no robotizarse, estandarizarse, masificarse, numerizarse en la gran ciudad, constrúyase su zona azul o verde, unos minutos de reflexión diarios, para oxigenar su alma y evitar la intoxicación de la extroversión empobrecedora.

Redacción
 
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